Era un atardecer, el anciano vuelve de su ardua labor en la
parcela, donde surcaba con un azadón la tierra, preparándola para al otro día
sembrar papa muy temprano. Se devuelve al pueblo, no sin antes pasar a la choza
hecha con adobe, no adobe acrobat, sino una mezcla de barro y paja que usaban
para hacer edificaciones. Llega a la choza que era donde guardaba la
herramienta tanto para cultivar la tierra como para arriar el ganado, era un
poco más grande que una habitación, con poca iluminación ya que por ser antigua
no tenía luz eléctrica, las ventanas eran unos rudimentarios agujeros en la
pared, muy cerca al techo. De antaño, esta choza era donde se atendía a los
jornaleros antes y después de trabajar, no almorzaban, les daban un desayuno
trancado y no comían sino al volver por la tarde.
Llega el Hipólito el anciano, a la abandonada construcción, abre
la puerta que se arrastra en el piso que es de tierra, entra, deja el azadón a
un lado y prende una lámpara de esas de kerosene y busca su ruana, su machete y
un atado donde cargaba el avío, dirige su mirada al piso y ve el reflejo de una
luz verde, entre los corotos que tenía arrinconados hacia las paredes, siente
un escalofrío, pero a la vez curiosidad, así que con un palo remueve las
chucherías y pega un salto para atrás, por poco y se cae, asoma la lámpara y ve
de nuevo con cautela; era una mano cercenada, ennegrecida, maloliente, seca y
con un anillo grueso, dorado, con una gema verde, que reflejaba la luz de la
lámpara.
El viejo aterrorizado mueve con un palo la mano, pero no puede
dejar de ver el anillo, está asqueado pero a la vez se ve seducido por tomar el
anillo y no resiste la tentación, le arranca el anillo a la mano y se lo pone,
recoge sus cosas y se va, bota la mano envuelta en un trapo a una zanja y sigue
su camino al pueblo.
Llega al pequeño pueblo y nadie lo saluda, cosa que es de
extrañarse, en un pueblo pequeño todos se conocen y se saludan, pero nadie le
reconoce. Pasmado, entra en la tienda donde acostumbra a tomarse unas cervezas
antes de llegar a casa, pero ni el tendero lo reconoce, y don Hipólito ya se
estaba enojando de aquella situación, pide una cerveza, se toma un sorbo y va a
orinar, al salir se mira en el espejo y tampoco se reconoce: había
rejuvenecido, se veía de veinte.
Se siente poderoso, con vigor, toma una, dos cervezas, así
hasta completar un palo, feliz, porque antes con tres ya estaba volcado, pero
empieza a escuchar una voz en su cabeza, no la puede evitar, lo acosa, lo pone
de mal humor, estalla en ira, pierde la cordura, saca su machete y empieza a
atacar sin más ni más a los que estaban en la tienda, el tendero trata de
detenerlo, Hipólito con una fuerza descomunal lo empuja, lo hiere de muerte
propinándole una herida muy profunda, y después de eso acaba con la vida de
todos. El tendero en un último intento desesperado se pone de pie y le manda un
machetazo al pecho. Hipólito, quien fue tomado por sorpresa se defiende
colocando su brazo, pero fue tal la fuerza del tendero que le cortó la mano, la
mano que tenía el anillo.
El tendero cae muerto al piso, había perdido mucha sangre y
se había sobre esforzado lo dio todo antes de morir. Hipólito ve su mano caer
al piso, reacciona, no puede creer todo lo que acababa de hacer, siente sus
fuerzas disminuidas, había envejecido nuevamente, trata de detener la sangre,
pero no resiste y muere.
Al día siguiente la policía llega al lugar de los hechos,
recogen los cadáveres, el del tendero, el de los que estaban tomando, el de
Hipólito sin su mano, pero su mano no la encontraron en ningún lado.
El sitio fue cerrado, nadie lo volvió ocupar después de los
hechos tan atroces que tuvieron lugar allí. Pasaron los años, llegó un
andariego al pueblo y no tenía donde quedarse, vio este lugar abandonado y como
pudo se coló para pasar allí la noche. Encontró las cintas policiales por todo
lado, las líneas pintadas en el piso donde quedaron los muertos, sin más ni más
se escabulló por detrás de la barra para
dormir, sentó en el suelo y sacó de su maleta una chaqueta para arroparse,
coloca su maleta de almohada, se acuesta de lado y se arropa. Se queda mirando
fijamente en la oscuridad, mientras le coge el sueño, ve debajo de la barra un
pequeño resplandor verde y encuentra una mano seca con un anillo…
Comentarios
Publicar un comentario